Colateral

“Cuatro características corresponden al juez: escuchar cortésmente, responder sabiamente, ponderar prudentemente y decidir imparcialmente”

(Sócrates)

Algunas reformas legales, aunque sean recibidas como un gran avance, pueden ocasionar a la hora de su aplicación consecuencias injustas.

Me voy a referir a la reforma de la ley del divorcio, la cual, siguiendo el ya habitual procedimiento de introducir modificaciones parciales, evitó el abordaje de una reforma global del derecho de familia.

La ley justifica la reforma, para conseguir que los cónyuges gocen de una ilimitada facultad para solicitar la disolución del matrimonio cuando ya no desean vivir juntos, y ello sin necesidad de alegar causa alguna.

A primera vista y salvando consideraciones personales a tan pobre concepción del matrimonio, la intención del legislador es positiva. Y es que cuando dos personas ya no quieren estar juntas, hay que facilitarles el camino para que regularicen su situación. Pero lo que no puede admitirse, es que las consecuencias de una decisión, muchas veces unilateral, perjudique gravemente a terceros. No puede haber derecho contra derecho, y eso es lo que está pasando.

Ciertamente, en la vida todo tiene una doble lectura, y lo que es bueno para unos, quizás no sea tan bueno para otros. Esta ley no iba a ser menos, y en su aplicación, los profesionales que nos dedicamos al derecho de familia estamos detectando efectos muy graves, tanto en relación con las partes como con los niños. Me voy a referir concretamente a las consecuencias de la ruptura y a los efectos colaterales que se derivan de ella.

Podemos estar de acuerdo en que los adultos gozan de pleno derecho para no volverse a ver, pero tenemos que comprender y asumir, que cuando hay hijos, esta ruptura, si bien podrá suponer el fin de la vida en común de los cónyuges y la libertad soñada, nunca podrá entenderse como el fin de la relación con y por los hijos. Eso es responsabilidad parental; y es una obligación, no una opción; es un compromiso que se asume cuando se decide tener un hijo en común.

El desarrollo emocional saludable de un niño requiere la presencia de un padre y una madre, y además, todo ello acompañado de compartir responsabilidades en tareas de cuidado y protección. Los expertos dicen, y yo así lo creo, que la mayoría de los niños se adaptan al divorcio con normalidad, pero a lo que no se adaptan, eso seguro, es a que le priven de una relación fluida con alguno de los progenitores. Eso al final, les pasará factura.

Es una inconsciencia obviar el hecho de que los hijos sufren de modo muy especial las consecuencias de la separación de sus padres, y que la actitud intransigente y egoísta de uno de ellos les provoca dolor. Por ello, los jueces, fiscales, psicólogos y abogados, debemos ser conscientes de ello y tomar las medidas que estén e nuestra mano para paliar estas situaciones, decididas por adultos y sufridas por los niños.

No debemos dar alas al progenitor que se crea con el derecho a decidir unilateralmente; no debemos alentar al que se crea en el derecho a “dosificar” las estancias de los niños con el otro, y por supuesto debemos censurar al que provoca conflictos con el único fin de sabotear una posible custodia compartida.

Por el contrario, debemos dar mayor protagonismo al progenitor más tolerante, más involucrado en la cooperación y más flexible, por la simple razón de que con el/ella, será mucho más fácil conseguir fluidez en la relación con los hijos. Debemos valernos de la ley para conseguir justicia y no debemos olvidar que como decía R. Grafton “La justicia llevada al extremo es una extrema injusticia”.

Soledad Benítez-Piaya Chacón
Diario El MUNDO, 22 junio 2009